jueves, 1 de marzo de 2012

DOÑA CLODOMIRA




  -En los alrededores de Santiago antiguo, (1785) existió un lugar llamado el Fundo de Santa Rosa de Las Condes, que en esa época, eran bellos campos con sauces cerca de riachuelos, vastas extensiones de verdes pastos salpicados con florecillas amarillas, donde pastaban los corderos y picoteaban las gallinas y polluelos de doña Clodomira.
  -En este predio, se encontraba su pequeña casa de adobe, un préstamo de sus patrones, dueños de la Casa Grande, que se avistaba a lo lejos, teniendo como marco la imponente Cordillera, con sus picachos blancos de nieves,  Doña Clodomira vivía sola. Su marido, Estanislao, había fallecido en un accidente a caballo, varios años atrás, dejándola con un hijo quinceañero, al que llamaron Toribio. Al pasar de los años, este se fue al Sur, buscando nuevos horizontes.
  -Su rancha era limpia, con piso de tierra bien apisonado, tenía un camastro de bronce, un velador viejo desvencijado, una palmatoria con velas para alumbrarse por las noches, una mesa de madera, dos sillas de mimbre, varios implementos de cocina, y en uno de los rincones, un fogón para cocinar y calentarse en los días de frío.
  - Muy de madrugada se levantaba doña Clodomira, para atender a sus animales, ordenar su casa, prender el fuego para hornear el pan amasado, el que salía a vender al camino de tierra que pasaba a unos metros de la ranchita. A las nueve de la mañana, se sentaba en la banca de madera, que estaba al lado de la puerta de entrada de la rancha, alimentaba a sus pollos y gallinas, llamándolos con un suave tique, tique, ti, corrían las aves para recibir su comida, y ella sonreía contenta de ver crecer a sus criaturas día a día.
  -Del interior del hogar salía el aroma del pan horneado. La Doña se alzó de la banca, para preparar su canasta, y en un paño blanco impecable, cuidadosamente envolvió el pan para la venta. Ya, en el camino, se sentó en una banca comenzando a comer muy despacio un trozo de pan, mientras miraba la  polvorienta carretera. Del otro lado de la vía, la saludó la vecina doña María, quién lavaba ropa en una batea. ¿Cómo esta doña Clodomira? ¡Ya la veo con su canasta como siempre ! ¿no?. Sabe usted Doña, le voy a pedir que me fíe cuatro pancitos, fíjese usted que con esta custión del lavado ajeno, no me queda “na” de tiempo para la amasá, si no es mucha la molestía, mire que a los cabros hay que alimentarlos, pué. ¡Ah!, y con un pancito y una taza de té y lista la custión.
  -No es ninguna molestía doña María, contestó Clodomira, mientras se levantaba para cruzar el camino, "preguntándose” a si misma. ¿Cuándo será el día, que esta iñora, me pague todas las chauchas que me debe? ¡Pero bueno, hay que ser buena cristiana también!. Si “Diosito quiere, me pagará”. Sonriendo le entregó los panes a la vecina. Retornó a su asiento a esperar pacientemente a los parroquianos, hombres, mujeres y niños que trabajaban la tierra. Ellos la trataban con cariño y respeto. Se trenzaban con su casera, en amenas charlas sobre el tiempo, la siembra o la cosecha, también de la salud de las familias. Hasta pelambres, no muy bien intencionados, de una niña, "embarazada y abandonada por su pretendiente."  ¡Pobrecita!,  Pero ella se lo buscó, decía Doña. “así es la vida del pobre. "Otra boca más, pa` alimentar y con lo difícil que esta la vida en estos tiempos” pué ¡Señorcito santo!.  
  -Cuando ya su canasto estaba vacío, Clodomira, se levantaba pesadamente dando la señal, que hasta ahí llegaba “la conversa”; se dirigía a su casa, todos se despedían, con “un hasta mañana doña Clodomira, que siga bien alentá”
  -Mientras se alejaba, sus caserítos la miraban y comentaban; ¿ le parece a usted Doña Etelvina, que Doña Clodo ya camina con hartasa dificultad ?, preguntó Don Juan. "Así parece compadre, contestó la mujer, es que ya han pasado hartasos años y estos pesan muchaso". Es la purita verdad, respondió Juan, con un dejo de pena en su voz. 
  -Clodomira, vestía una falda gris larga hasta los tobillos, una blusa blanca con pintas negras, sobre ella, una pulcra pechera blanca.  La cabeza coronada con un moño plateado en forma de tomate, bien encumbrado en su coronilla. Las manos ajadas y nudosas surcada de venas azules, eran fuertes de tanto amasar el pan de cada día. Su cuerpo rechoncho, algo encorvado, se movía lentamente apoyado en un bastón, hecho de una rama de algún árbol. Tenía setenta y ocho otoños en el cuerpo y bien trabajados.
  -Después de dejar el canasto sobre la mesa, se dirigió al corral de los corderos. Una sombra de preocupación se reflejó en su semblante y comentó. ¡Benaiga! “qué raro, es primera vez que los dejo encerrados hasta tan tarde", al mismo tiempo suavemente les decía, "ya salgan, corran,  hoy las guardaré más tarde, así tendrán más tiempo para pastar". Luego alimentó a los cerdos, que gruñían de hambre. Regresó a la rancha, a los pocos minutos olvidó el motivo de su sobresalto. Los corderos, ya saltaban y comían contentos en el pastizal.
  -La anciana continuó con sus quehaceres, prender nuevamente el fuego para preparar la merienda de la noche. Cuando se dio por satisfecha se sentó a rezar, corrían por sus dedos las cuentas del rosario, un regalo de mísia Elisa, su "patrona" como la seguía llamando. Cincuenta y cinco años había trabajado en casa de los del Valle. A los setenta cumplidos, dejó el trabajo ha pedido de los patrones. Comenzó una solitaria vida sin descanso. (¡ Que ironía e injusticia ! )
  -Se percató que su mente no se concentraba en las oraciones, estaba pensando en Toribio, ese hijo ingrato del cual nada sabía desde su partida, treinta y tres años atrás. Suspiró rogando al Señor no morir sin verlo por última vez. “Una los cría con tanto cariño y la echan al olvío “¡¡Ay!! mi Señor, pué así es la vida, reflexionó con resignación. Siguió con sus letanías pidiendo por su difunto marido Estanislao y musitó quedamente. ¡Tan re joven que se murió el finao! y una lágrima rodó por su curtido rostro.
  -Dio por finalizada sus plegarias. Salió a buscar y encerrar a los corderos, se acordó de su perro Valiente, que se había perdido hacía tiempo, el can siempre le ayudó, con sus carreras y ladridos a reunir a los animales en esa faena, que ahora, se le hacía tan pesada. Cuando finalizó, la luna redonda y brillante iluminaba el campo, el riachuelo donde se abastecía de agua, corría con reflejos de plata, las flores silvestres, de un intenso amarillo, lo adornaban marcando las orillas del estrecho cauce. Clodomira se sintió feliz y admiró tanta belleza que le concedía el Señor; contenta volvió a la rancha, cenó, se acostó, durmiéndose apaciblemente. A la mañana siguiente, era Domingo y estos eran diferentes.

EL DOMINGO

  -Despertó muy temprano, cuando cantó Perico, el gallo de la pasión. Tenía que prepararse para llegar a la Casa Patronal a la misa de las ocho de la mañana. Quién celebraba el culto era el cura Belisario, párroco de la iglesia de los Dominicos, distante a varios kilómetros de la Hacienda. Una vez lista, con sus mejores ropajes, salió por el camino de tierra que la llevaba hasta la Casona. Al ingresar a la pequeña capilla, estaba la familia ocupando sus lugares, dispuestos para la misa. Se puso la mantilla negra sobre la cabeza, se reclinó con gran recogimiento, siguiendo atentamente el servicio. Cuando llegó el momento de la comunión, se acercó al altar para recibir el sacramento (después de los patrones, así lo establecía la costumbre).
  -Terminado el oficio, los inquilinos eran invitados por misia Elisa, a beber un chocolate caliente acompañado de unas deliciosas rosquillas. Era el momento "más anhelado" por Clodomira, ya que le proporcionaba la oportunidad de compartir con su patrona, con la que había vivido tantas décadas; desde sus quince años, cuando la trajeron de Toltén, para trabajar en la casona. Misia Elisa, en en ese entonces contaba dieciocho primaveras. Juntas rieron de bromas de adolescentes y más de una vez lloraron abrazadas, las penas de amor de Clodomira, ese de amor de juventud, Estanislao, al que había dejado en su tierra tan lejana. Siempre existió entre ambas cierto entendimiento, basado en un mutuo cariño y respeto.
  -Cuando Misia Elisa contrajo nupcias con don Miguel del Valle, su marido se hizo cargo del campo de don Roberto Correa, quién viejo y enfermo murió a los pocos años, solo conoció a sus dos primeros nietos, Camilo y Miguel, con el tiempo llegó Elías Bautista, Fernanda y Bruno.
  -A los cinco niños, los crió Clodomira con profunda entrega e infinito amor, como si fueran sus propios hijos. Siendo pequeños, en las noches de invierno, junto al gran bracero del salón, les contaba cuentos sencillos, de su tierra de Toltén. Estas añoranzas se atesoraban en su corazón, mientras sorbía, pausadamente su taza de chocolate y con pequeños mordiscos comía las rosquillas, con la vista fija en un punto de la inmensa cocina de la casa patronal, donde fue dueña y señora por largos años.
. -Mucho ajetreo existía en la cocina de Doña Zoila,el ama de llaves, quién dirigía diligentemente a la cocinera doña Brunilda, en lo que sería la minuta del almuerzo dominguero, este consistía en apetitosas empanadas al horno, cazuela de ave, un tercer plato de carne a la cacerola con papas, ensaladas frescas, de postre una exquisita leche asada. ( Con leche recién ordeñada de las vacas de la hacienda.)
  -La invitación llegaba a su fin. Clodomira se levantó pesadamente de la silla, cogió el misal, (el que no sabía leer) la mantilla y el bastón. Se acercó a Misia Elisa, con de una sonrisa plena de afecto, y le dijo, "nos veremos prontito misia, si Dios lo permite.” Así será, mi querida Clodomira, contestó ella, mientras le daba un suave abrazo, con pequeños palmoteos en la espalda en señal de cariño.
  -Se marchó tal como llegó, caminando. Por su lado, pasaban los coches tirados por hermosos caballos muy bien cuidado y acicalado, levantando el polvo del camino con sus cascos. Los pasajeros le hacían amables gestos de despedida, desde sus carruajes, mas nadie se ofreció, para dejarla hasta la entrada del fundo, donde se ubicaba, su rancha. ¡Miren ve!, "a una ni la cotizan, estaré pintá en el paisaje" y continuó su paso rezongando. "Así mismamente es la vida, Señorcito Santo, de que les sirve rezar tanto, si de cristiano no tienen na.’ ¡Mm!, "no la toman ni en cuenta a una, ni pa` hacerle un favor a esta pobre vieja" ¡Ay! Dios.
  -Siguió su recorrido a paso lento, apoyada en su bastón. Los recuerdos tornaron a invadir su mente. ¡Ay!, mis niños del Valle, mis regalones.
  -¡Mi Camilito, tan regueno este niño¡. Afable y empeñoso, él a los veintitrés años, ya casado, partió al Sur, para hacerse cargo de su herencia, el fundo Los Copihues de Toltén. Tuvo ocho hijos, todos varones, con su mujer doña Rebeca. ¡Empeñoso el joven, tantasos chiquillos, no perdía su tiempo!  ¿No?  riéndose, de su propia broma.
  -¡Miguelito, Miguelito! Inquieto el diablillo, a  los veintiún años partió a París, ( como me contó misia Elisa ) detrás de una francesita, que conoció en Santiago, en una noche de diversión. ¡Lo volvió loco de amor!.  De apellido Renoir la muchacha, se casó con ella, dos hijas hermosas tuvieron, se quedó en esas tierras lejanas. De vez en cuando, bastante a lo lejos vienen, alegrando a toda la familia
  -Elías mi niño, el curita de la familia, ejerciendo su ministerio en el Amazona  ¿Dónde quedará eso? se preguntó Doña - debe ser un lugar reimportante y relejaso- puesto que el joven ¡No puede venir nunca! Solo se cartea con la Misia, muy de tanto en tanto. ¡Que alentá, tan contenta se pone ella!, le cuenta a todo el mundo, las noticias de su hijo. Va a la iglesia de los Dominicos a llevarle las noticias al Párroco. Y así, siguió con sus evocaciones.
  -La más bonita y ocurrente! “La que me abrazaba, con sus brazos regordetes, mi querida Fer” ¡Tan reguena pal dibujo la pilla!. Afuera en España está, casada con un español, que conoció en la Argentina. Tiene dos hijos, una niña y un varón.”¡Ay¡ Que ganas de verla, ya van seis años de la última vez que vino con el marido y a las hijas creciditas ya.
  -¡Bruno mi Brunito! todo un patrón de la Hacienda Santa Rosa, desde que enviudó misia Elisa, hace ya muchasos años atrás. Es al único al que le he visto crecer a sus cuatro chiquillos con doña Ana, su esposa. ¡Bendito el señor como pasa el tiempo!. ¿No? Sí nada menos que cincuenta años. Pero en su corazón, los seguía viendo como sus niños.
  -Miró al cielo advirtiendo algunas nubes amenazantes, lluvias de verano,  ¡Que gueno! “Un poquito de frescura, no le hace mal a naiden.”
   -Rememoró que un día, trabajando en la cocina de sus patrones, preparando la última colación del
benjamín de los patrones, sintió unos suaves golpes en la puerta que daba al patio interior de la casona, sobresaltada se acercó, averiguando discretamente.
.-¿Quién anda por ahí ? "Ya no son horas pa’ molestar en casa de familia de bien, iñor." Escuchó una voz, diciendo:  Perdón misia, en un tono respetuoso, ¿es su merced, doña Clodomira?
Si, si, si. Pué ¿Quién me precisa?.
Soy Manuel. vengo de Santiago, busco ayuda. si vuestra merced lo tiene a bien.
Ya… ¿Quién lo manda, iñol? ¿Alguien, conocío mío?...
Don César misia, del fundo del otro lado del río. ¿Lo recuerda? Sus respeto le mandó.
¡Ay !¡Sí!. Lo recordaba, era su compadre César, el padrino de Toribio, su hijo.
Y  pué. pa' ¿Qué sería? dijo, abriendo la puerta, parado frente a ella, vio a un mozo de regular estatura, unos ojos negros vivaces, que revelaban inteligencia, la manta destilaba lluvia. ¡Adéntrese! no más iñol, agregó, al mismo tiempo que le franqueaba la entrada, el muchacho al ingresar, la miró directo a los ojos, brindándole una sonrisa llena de alivio y gratitud.
  -¡Ya "iñol !. Sáquese esa manta moja, le ordenó, pasándole en seguida un paño limpio, séquese el rostro y el cabello, ahora, acomódese, le daré un caldo caliente y algo más pa` comer. Rápidamente preparó la merienda, y se sentó a la mesa, frente al muchacho que tragaba con gran apetito. La mujer se  percató por la palidez del semblante de Manuel, que no había comido nada en varios días. ¡Oiga! aquí tiene una güena jarra de tinto, pa ' adentrar en calor. Esperó un momento en silencio para que el joven bebiera, luego preguntó, ¿Cómo quiere que lo ayude iñol Manuel?
  -Mi Señora, necesito un lugar seguro, donde encontrar refugio por un tiempo. Soy un hombre de bien, que lucho por mi Patria, estoy injustamente perseguido por el actual Gobierno, mi nombre es Manuel Rodríguez Erdoyza. Nada le dijo ese nombre a Doña, pero por la forma de hablar dedujo que era una persona educada, le dio confianza, entonces comenzó a tratarlo respetuosamente, era un señorito como sus niños del Valle.
  -Mi señorito Manuel, esta casona no es na´ segura, no hay escondrijos aclaró, mientras pensaba  ¿dónde podría ser?... ¡Ah!... ¡Ya lo sé pué! “Vaya a la Parroquia de los Dominicos.” Allí el señor cura Don Belisario, lo puede ayudar, es reguena persona. “Él tiene buen corazón con los desamparados.” Súbitamente agregó, “ ándele rapidito señorito", no sea cosa, que se asome la patrona por aquí.” Diestramente le preparó unos panes con pollo, que había sobrado de la cena de los señores, una jarra de greda con vino, la cerró con un tapón de madera bien ajustado. Le pasó todo diciendo, póngalo en la alforja, pa' que no se mojen. ¡Ah!. Dígale al señor cura, que va de parte de Clodomira, del fundo de los del Valle. Él me conoce, mi señorito.
  - Manuel, salió precipitadamente murmurando un agradecimiento. Montó su caballo y se perdió en la densa oscuridad.  Continuaba lloviendo copiosamente. Nunca contó doña Clodomira esta visita a nadie, ni siquiera a su esposo, que aún vivía. Años más tarde, por Miguel del Valle Correa (hijo), se informó, que a este muchacho lo habían fusilado en Tiltil, en Mayo de 1818. Lo apodaban, El Guerrillero. “Yo también fui parte de esa historia, lo dijo, modestamente, ¡Pobre muchacho!  Si, lo conocí, y hablamos, creo, que en algo lo ayude,  no lo sé, con pesadumbre, para si lo comentó. ¡ Parece que fue importante el mozo, por algo lo habrán fusilao!
  -Estas evocaciones tan extensas de contar, tan solo fueron minutos.  Sin darse cuenta, se encontró en la ranchita. Un inmenso cansancio la invadió, el brazo izquierdo le dolía, una molestia en el estómago la preocupó; depositó el bastón en un rincón, la mantilla, y el misal sobre el velador comentando ¡Qué raro!,  “si yo nunca me enfermo, pero güeno, me haré una agüita de hierbas y me recostaré un momentito". Y así lo hizo, nunca en su larga vida, se le había ocurrido acostarse por estar "enferma". Se tendió en el camastro vestida, diciéndose, "solo será un ratito,” quedándose dormida profundamente.

EL DESPERTAR

  -Al abrir los ojos, Clodomira, sintió que todos sus malestares habían desaparecido. Se sintió invadida de nuevas energías, se alzó del camastro rápidamente. Estaba vestida, su ropa lucía impecable. Se miró al espejo, con gran sorpresa se encontró más lozana. ¡Qué bien me hizo dormir tanto! Al instante constató, que el pan amasado humeaba calientito sobre la mesa. El fogón prendido, un aroma a flores frescas en el ambiente. No mostró extrañeza, no le dio importancia a lo que veía.  Salió de la rancha. El día era radiante, todo era hermosísimo, el color del verde pasto, las flores por doquier. El riachuelo de fresca aguas. Las gallinas, pollos y cerdos más gordos. Los corderos pastaban con varias crías. ¡Bendito Dios! No me había percatado, que habían nacido más criaturas.¡Gracias te doy mi Señor Santo! Ella era feliz como nunca, una inmensa quietud reinaba en su corazón.
  -Comenzó andar en dirección al camino de tierra. El cuerpo lo sentía liviano, pleno de energía diestramente llegó al lugar. Quedó atónita, no podía creer lo que observaba, tenía los ojos enormemente abiertos. Exclamó ¡Ay!¿ No es de… tierra ? ¿Qué está ocurriendo? “Mi Señor Santo”. Observó una vía gris, pavimentada, que se perdía en la distancia. Doña, miraba y miraba, no podía admitir lo que veía. ¿Pero cómo? ¡ Si ayer, era…tierra !.
   -Desconcertada, dio un vistazo hacia la casa de doña María, no existía batea, ni la dueña de ella, el lugar estaba ocupado por una construcción muy alta, nunca vista por Doña. ¡Ay! Señorcito Santo, dijo, ¿Qué está ocurriendo?, mientras se alejaba presurosa del lugar.
  -Las sorpresas no terminaban. Al aproximarse a la rancha, encontró a su gata, Muchi, perdida ya varios años, acicalándose en la banca, a la entrada de la rancha. “Volviste, volviste mi gatita ingrata, tanto que te busqué"  Entonces, escuchó un alegre ladrido,  ¡Valiente, y tú también regresaste! ¿Dónde te habías metido?, “seguro te fuiste detrás de una cachorrita,” le decía mientras lo acariciaba, el animalito meneaba alegremente  la corta cola, las manchas negras se destacaban en el blanco pelaje.
  -De pronto advirtió, que salía humo por la chimenea ¡mm! “yo no prendí fuego ésta mañana," intrigada entró, ¡Ay! “Diosito santo, esto no puede ser” dijo horrorizada, en el rostro tenía una mueca de incredulidad, sentado junto a la lumbre se encontraba, Estanislao, su difunto esposo.
   -¡Oh! Mi querida Clodo, (así le decía en vida) ¡Tanto tiempo esperándola a usted! Se  acercó, abrazándola con ternura, ante el espanto de la pobre mujer.
   - ¡Dios !¿Cómo que me estás esperando?. "Si tú falleciste harto tiempo atrás, y... que yo sepa, yo soy del  mundo de los vivos.” Lo dijo segura y desafiante, sin notar el cambio en su lenguaje.
  -Ya no perteneces al mundo de los vivos, refutó Estanislao, falleciste hace un siglo y medio; ese Domingo, (1863) que regresaste desde la casa de mísia Elisa, ¿Recuerdas que te sentiste enferma?. Te quedaste dormida y fue en ese sueño, que partiste a un destino donde perfeccionar tu alma. La estadía en esa morada, te otorgó sabiduría, en todo el ámbito de tu vida espiritual. Ahora, estas gozando del paraíso que "imaginas para ti," en compañía de tus seres más queridos, de las cosas que te rodearon en la vida terrenal, la casa, el campo, los animales, todo aquello, que te hacía feliz. Esto será solo por un tiempo, luego necesitaras otra forma de Inmortalidad, tú te darás cuenta cuando llegue ese  momento.
El asombro de Clodomira, era sin límites, no salieron palabras de su boca permanentemente abierta, como una “O”.
  -En ese instante, alguien entró al recinto, giró sobre sí misma, pasmada reconoció a su hijo Toribio, ¡Hijito mío! por fin te veo ¡Tanto tiempo añorándote!, lo abrazo y besó tiernamente. Madre mía, le comentó el joven, “no creas que he sido un ingrato,” como lo decías en tus oraciones. Cuando partí, me fui al Sur, a un territorio muy lejano, al que llegué a caballo con gran dificultad, fue en el lago Calafquén, donde me establecí. Construí mi rancha, encontré una compañera, tuve dos hijos. Un día, salí a pescar, me azotó el viento puelche, mi pequeña barca se hundió, mi familia no supo más nada de mí; pronto llegué a un lugar hermoso, de una paz infinita, allí aprendí mucho, logrando sabiduría, era mi morada espiritual, en ese espacio me reencontré con el alma de mi padre.
   -Clodomira, comenzó  a entender todo aquel misterio, vislumbrando tenuemente, su propia estadía en ese lugar de paz y aprendizaje.  Miró a Estanislao lo encontró joven, fuerte como la última vez que lo vio con vida, él la observaba dulcemente, con sus intensos ojos azules, (herencia de algún holandés errante, quién había sido su padre y al que nunca conoció ). Ella, solo movía la cabeza asintiendo, todo lo escuchó atentamente, al fin musitó. ¡Soy un espíritu, podré vagar por donde quiera, además poseo sabiduría!. Entonces, si se dio cuenta, que la manera de hablar de Estanislao, Toribio y de ella misma era educada.  Agregó en voz alta, todo esto significa, ¿qué siempre estaremos juntos los tres, como en la vida anterior ? ¡No! respondió su esposo, escucha, “mi Clodomira,” nosotros, somos almas más evolucionadas, tenemos que regresar al lugar de donde vinimos, debemos continuar nuestro crecimiento espiritual. Ahora, tú estás preparada para seguir sola, eso lo aprendiste en tu morada espiritual. Con tu espíritu, podrás llamarnos y estaremos contigo. Haciendo una gesto de despedida ambos se esfumaron, dejando un haz de luz tras de sí. ¡Nos vemos! alcanzó a escuchar Doña.
  -Se descubrió sola, plena de júbilo, con una inmensa sensación de libertad. Se dijo, “saldré a recorrer.” Sin mediar un segundo, estaba en el camino pavimentado, avanzó sin que sus pies tocaran la superficie, se sentía flotando, podía observar todo desde las alturas: las casas, las calles, los árboles, los patios, que semejaban cuadros de un ajedrez, la gente que se movían como hormigas. Unos extraños coches con cuatro ruedas, corriendo a gran velocidad, sin caballos.
  -Maravillada, permaneció contemplando desde lo alto, la cordillera de Los Andes, el panorama, era incomparable, los cerros continuaban uno tras otro, en una infinita cadena de nieves eternas. A la distancia, observó los territorios del país vecino, “Argentina”, a los pies, al otro lado de las montañas,  avistó. una pequeña ciudad, "Mendoza”. Contempló a los cóndores, de inmensas alas, majestuosamente sobrevolando las cumbres nevadas.
  -Su mente era un remolino, todo era vertiginoso. “Cálmate, cálmate, se aconsejo, lo consiguió dejando la mente en blanco.  Comenzó a admirar el entorno con serenidad. Cuando se vinculó consigo misma, captó que era de noche, la ciudad desde las alturas, se veía como una hermosa gema, las luces brillaban como estrellas en el firmamento. “Realmente es un mundo diferente, al que yo viví.” "Bueno han trascurrido ciento cincuenta años.” En este Universo infinito, ya no existe el tiempo.

LOS PASEOS DE CLODOMIRA

  -El Universo es infinito reflexionaba, Clodomira mientras viajaba por innumerables mundos y lugares celestiales de una belleza impensada, donde disfrutaba de una paz infinita, que llenaba de gozo su alma. Conoció épocas diferentes, a personas con idiomas extraños, que ahora “entendía”. Nada la asombraba, sabía, que era parte de su desarrollo esencial.
 -Su alma curiosa ansió visitar los alrededores de su antiguo terruño. Se encontró recorriendolo, sin que sus pies tocaran la tierra; un barrio de casas blancas, de dos pisos, unidas la una a la otra por los costados, con pequeños antejardines, donde los perros ladraban. En una puerta de rejas de un antejardín, un grupo de mujeres, con escoba en manos, charlaban y reían alegremente, despreocupadas de los quehaceres en el hogar. Clodomira, las saludó con una venia y un “Buenos días,”  olvidándose que ya no podía ser vista, por el mundo terrenal. Se rió de ella misma picarescamente.
  -Llena de curiosidad, se elevó sobre los techos, para observar mejor. Le llamó poderosamente la atención los patios internos, tan pequeños con prados, árboles y flores. A lo lejos divisó la copa de un árbol altísimo que sobrepasaba las techumbres, el color de las hojas de un amarillo dorado; hábilmente se aproximó, las tocó captando que tenían la forma de un abanico. Sabiamente aseveró, “es un Gingko Biloba”, procede de China, es también conocido como el árbol de la "Esperanza," erudita continuó. “El único árbol que quedó en pie, cuando se lanzó la bomba atómica sobre las ciudades de Hiroshima y Nagasaki, "  (Japón, 1945).
  -Toda esta sabiduría, no la inmutaba, comprendía, que era parte de su desarrollo espiritual. Clodomira, era poseedora del “Conocimiento Universal, dueña de  una mente Colectiva.
  -El dorado de la hojas del Gingko, le indicó que el otoño era el rey de la estación, un largo tiempo lo siguió admirando. Las ramas parecían acariciar el cielo, con el movimiento de la suave brisa. Doña, entonces divisó la casa, un pequeño antejardín adornado con maceteros con plantas. Entró flotando, apenas tocando el empedrado. Vio una puerta de madera cerrada y la traspaso fácilmente, sin siquiera tocarla
  -Ya en el interior, inspeccionó todos los rincones. Le llamó la atención, el salón, qué estrecho pensó, acostumbrada al gran recinto de la hacienda. Luego le tocó el turno a la cocina, se detuvo frente a un artefacto, de donde emergían, unas llamas azules que calentaban una tetera. ¡Esto sí, que es comodidad, nada de prender el fogón! Ni transportar leña. ¡Qué agrado!.
  -Continuó explorando. En el lavaplatos abrió las llaves de dónde brotó un chorro de agua fresca y en la otra caliente,esto está ¡excelente!, “nada de ir con cacharros al riachuelo.” El comedor, lo miró, lo encontró pequeño, calculó, seis personas sentadas en el. Comentó, “el de Misia Elisa, era para veinticuatro comensales cómodamente sentados.” Curiosa, atisbó el jardín, catalogándolo de pequeño, simpático y agradable.
  -Una escala estrecha la condujo, a otras dependencias. ¡Ah! Estos son los dormitorios, ¡¡Oh!! Que cama tan ancha, debe ser de los dueños de casa, bastante cómoda. Estimó, que las otras alcobas y las camas, eran demasiado pequeñas. Abrió una puerta, era el baño, lo miró, exclamando, ¡Esto sí, que un lujo! Yo me aseaba en la batea afuera, invierno y verano. Las necesidades del cuerpo, en una casita de tablas ubicada sobre un canal, la construyó Estanislao.
  -No hizo más que acordarse de él y apareció de la nada. ¡Qué grato que hayas venido! Estanislao. “Me hiciste evocar nuestro reencuentro. Ese día, después de tantos años sin vernos, creo que fueron cinco. Te vi venir por el camino, que conducía a la casona. Estaba en ese instante jugando con los niños en el prado. Te reconocí de inmediato, mi corazón latía aceleradamente, corrí hacia ti loca de alegría, tú me mirabas con ternura, nos abrazamos, lloramos y reíamos al mismo tiempo.
  - ¿Recuerdas, Estanislao?.
Si lo recuerdo, mi Clodo ¡Qué felicidad! por fin estar juntos. Al poco tiempo nos casamos, en la capilla de la hacienda. Justo al año, nació nuestro hijo, Toribio. Conseguí, con tus patrones, trabajar de cuidador del fundo, también como cochero y todo lo que implicaba. Tú, servías en la casona y criabas a nuestro niño. Misia Elisa, nos entrego la ranchita, donde vivimos. En las noches, bien tarde, te recogía a caballo, para estar juntos los tres, hasta la mañana siguiente. Siempre te tenía todo listo, la casa limpia y la comida  ¡Éramos felices! Nos amamos profundamente, ¿verdad Clodomira?
  -Si,  respondió ella, fueron, dieciséis cortos años. Luego te mataste en ese terrible accidente a caballo, te arrastró por largo trecho, nada pudimos hacer. Me hiciste mucha falta, lloraba día y noche, misia Elisa me consolaba. Nuestro hijo fue mi gran apoyo y compañía. Nunca perdí la esperanza de  encontrarte en otra vida. Bueno, aquí estamos juntos recordando, ha sido bueno para ambos, hemos cerrado el círculo de nuestra vida terrenal, estamos en paz, sé que siempre contaré contigo, y tú conmigo, comentó tranquila, y como si nada agregó un ¡Adiós hasta pronto! Ahora, fue ella la que se esfumó, riendo dichosa.
  -Con el poder del espíritu, regresó a la casa que estaba visitando. Se dio cuenta, que estaba sola, “mejor así, la conozco más tranquila.” Se comportó como un verdadero espíritu juguetón, acostándose en las camas, prendiendo la televisión. Se sentía contenta en ese hogar, como si fuera propio ¡Ah! Se dijo, “yo seré la cuidadora de todas estas viviendas, en forma especial de este hogar; retornaré para conocer a sus habitantes". Se relajó un instante en el jardín, y desapareció.
  -Clodomira, visitó muchos hogares. Conoció muchas familias con  diferentes maneras de vivir, unos más agitados, otros más tranquilos. Los lazos familiares igual que antaño, con amor, encuentros y desencuentros.  Los hijos eso sí, abandonaban el nido a una edad mayor, trabajando o estudiando, para un futuro mejor.
  -Fue así, como Clodomira se convirtió en vigilante de nuestro hogar. Era dichosa cuando llegaban nuestros nietos, el silencio se ausentaba del hogar, para dar paso a las risas, bromas y carreras de los niños, ella los seguía para vigilar y brindarles compañía. También les hacia pequeñas jugarretas, como dejar caer un libro sin que nadie lo tocara, el ruido de una puerta que se cerraba sola, o bien un suave soplido en las orejas que se confundía con una briza. Depositaba flores y hojas en la entrada principal  ,como si el viento las hubiese arrastrado. También, se sentía un aroma fresco y delicioso en el ambiente. Eran obsequios, una manera de demostrarnos su presencia y amor.
  -Cuando recorría la vivienda, la primera en percatarse de la presencia de Clodomira, era la gata Muchi, fijaba la mirada hacía un punto, con las orejas en posición de alerta, emitiendo un suave maullido, pronto se tranquilizaba, seguramente por una caricia de Doña, alejándose con su cola bien parada, como si nada hubiese sucedido. Cuando, yo veía esas reacciones en la minina, decía ¡Clodomira, Clodomira! cuídame la casa que tengo que ausentarme; salía muy segura, nada pasaría, con sus poderes era capaz de hacer sonar las alarmas, si llegaba la visita de un dueño de lo ajeno. En varias oportunidades, lo hizo en casa de los vecinos del barrio, para así salvar sus pertenencias,
  -Bromista como ninguna, hacía desaparecer cosas, que luego aparecían en otro lugar. Cambiaba los adornos, las almohadas se marcaban por la presión de una cabeza, en un sofá se hundía un cojín, con el peso de un cuerpo invisible. Broma tras broma, nos acostumbramos al “espíritu bueno”, de Clodomira, ya es parte de nuestra familia, nos cuida protege y acompaña. Nadie se asusta de su presencia.
   -De vez en cuando, cada vez menos, nos percatamos de las visitas de Clodomira, con su invitada de especial, misia Elisa. Cuando están juntas, el perfume de las flores se acrecienta en nuestro casa.
  -Ha trascurrido mucho tiempo de la última visita. Tengo la certeza que Doña, ya está preparada para el próximo paso, a otro nivel más perfecto, para alcanzar mayor desarrollo espiritual, llegar a ser un ente de Luz, o tal vez reencarnarse en un Ser superior.  No será nunca más, un alma deambulando en este mundo. Te diremos adiós querida amiga, fuiste un Ángel en la tierra.

Autora:
Ana Cristina Castro Delaunoy
Cuento ficción.

FIN
SANTIAGO DE CHILE 31 de Agosto de 2009

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